Mohamed El-Guindy, el egipcio que convenció al mundo de prohibir el cannabis

Era el año 1924, y el opio y la cocaína habían encendido las alarmas en las principales ciudades del mundo. Los gobiernos occidentales temían volverse como China, donde a principios del siglo XX un cuarto de la población era adicta. La cocaína, por otro lado, se había empezado a comercializar en la década de 1880 a partir de la planta que crecía en los Andes peruanos.

Reunidos en Ginebra (Suiza) a las puertas del invierno, delegados de los mayores países del mundo se pusieron manos a la obra para detener la “amenaza global” que representaban estas drogas. La llamada Segunda Conferencia del Opio había sido convocada por la Sociedad de las Naciones (el organismo internacional que antecedió a la ONU y que fue creado tras la Primera Guerra Mundial). Su objetivo era claro: establecer límites máximos para la producción de opio y cocaína, y restringir su uso medicinal, relata el historiador William McAllister en su libro “Drug Diplomacy in the Twentieth Century”.

El cannabis no se encontraba entre las preocupaciones de los delegados pero, aún así, antes de terminar la Convención, la historia de la prohibición internacional del cáñamo habría empezado. Fue durante la quinta reunión cuando el delegado de Egipto (el Dr. Mohamed El Guindy) alzó la voz para presentar una propuesta que tomó a los demás por sorpresa: incluir al “cáñamo indio” (nombre usado entonces para referirse al cannabis) en la lista de drogas tratadas por la Convención, puesto que resultaba “tan dañina como el opio, si no más”.

El apasionado discurso que dio El Guindy días después se considera crucial en las crónicas sobre la historia de la prohibición del cannabis. Primero describió la planta –en ese entonces desconocida para los europeos-, su uso, y los esfuerzos de su país para combatirla. Según el delegado de Egipto, pequeñas dosis de hachís podían producir un “delirio hilarante” en personas de carácter alegre, no obstante este delirio tomaba “una forma violenta en personas de carácter violento”.

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Fumadores de Hachís en Egipto

Para aquellos que adquirían el hábito “crónico” de consumir hachís escapar de su adicción sería muy difícil. Haciendo hincapié en la capacidad adictiva de la planta, El Guindy dibujó para los delegados de las naciones del mundo el retrato del adicto egipcio, los llamados hashishis:

“El semblante del adicto se vuelve melancólico, sus ojos salvajes y la expresión de su cara estúpida. Callado; no tiene poder muscular; sufre de dolencias físicas, problemas del corazón, problemas digestivos, etc. Sus facultades intelectuales se debilitan gradualmente y todo su organismo decae. El adicto muy frecuentemente se vuelve neurasténico y, eventualmente, demente”, clamó.

Egipto llevaba para entonces décadas luchando sin éxito contra el hachís, queriendo evitar los síntomas “similares a la histeria” que producían en el consumidor. El Guindy llegó a declarar que el uso ilegal del hachís constituía la principal causa de locura en Egipto. Entre un 30 y un 60 por ciento de los casos ocurridos en el país de las pirámides se debía al cáñamo. Prueba de sus estragos (argumentó el egipcio) era que el número de dementes hombres en Egipto triplicaba al de las mujeres (estas no fumaban hachís), al contrario de una Europa donde “una mayor proporción de casos de locura ocurren entre las mujeres” y donde el cannabis no se utilizaba.

El auditorio estalló en un prolongado aplauso, relata el historiador James Mills. Asombrado por el discurso, el delegado de China se levantó y se declaró conmovido por las palabras de El Guindy: “Si bien no sé casi nada del tema… Deseo asegurarle al delegado egipcio que puede contar con nosotros en todo lo que podamos para apoyar sus esfuerzos”. En efecto, al no incluirse el hachís en la agenda de la Convención, pocos delegados estaban preparados para debatir con el egipcio. Nadie cuestionó sus datos. Sólo las delegaciones del Reino Unido, Francia e India comentaron que, a pesar de que se solidarizaban con Egipto, la prohibición del cannabis sería demasiado complicada en sus territorios coloniales donde su uso estaba arraigado, explica Robert Kendell en “Cannabis condemned: the proscription of Indian hemp”.

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Un peregrino tunecino fumando

El asunto pasó a ser estudiado por un subcomité, donde tampoco se cuestionaron las declaraciones de El Guindy, y del cual emergió una conclusión clara: la resina del cáñamo indio, la cual forma la base de preparados como el hachís, no debía ser producida, vendida, o comerciada “bajo ninguna circunstancia”.

¿Pero tenía razón El Guindy? La afirmación de que entre el 30 y el 60 por ciento de los casos de locura en Egipto se debían al hachís no concordaba con las cifras oficiales de ese entonces, revela Kendell. En el Hospital Psiquiátrico de Abbasiya (el más grande de los dos centros psiquiátricos del país), apenas un 2,7 % de los 719 casos registrados se debía al cannabis, considerablemente lejos del 48 % atribuido al alcohol. Otro estudio personal del entonces director del hospital elevaba el número a un 27 %. Un informe sobre el consumo del cannabis en la India publicado décadas antes (entonces el documento más autorizado sobre los efectos del cáñamo) había concluido que no existía una relación clara entre la planta y la locura, y recomendaba su regulación en vez su prohibición.

Más allá de los datos ofrecidos por El Guindy, es necesario describir la relación entre Egipto y el cannabis que en ese momento histórico moldeó su discurso. Egipto fue el primer país del mundo en prohibir el cultivo de cannabis (a pesar de ser una tradición arraigada desde hacía siglos), con una serie de decretos promulgados entre 1868 y 1884. Para la élite egipcia, el uso generalizado del hachís entre las “clases bajas” era símbolo de decadencia moral y un lastre para el progreso del país.

“Egipto es gigante, pero sólo se puede cultivar a pocos kilómetros del Nilo. Por eso, una vez se declara la prohibición de cultivo, fue muy sencillo rastrear los campos de cannabis y quemarlos”, explica a INFOCANNABIS la Dra. Liat Kozma, profesora de Estudios Islámicos y de Oriente Medio de la Universidad Hebrea de Jerusalén. “Entonces, a partir de los años 1880, el gobierno prohíbe el cultivo y el consumo, pero debido a su geografía es difícil controlar la importación. Campesinos griegos empiezan a cultivar cannabis y a exportarlo a Egipto. Usaban pequeños barcos de vela para viajar hasta las costas del desierto, donde había beduinos esperando para llevar el cannabis en camellos o caballos hasta El Cairo y Alejandría”, describe la investigadora.

Incapaces de detener la entrada de hachís, las autoridades egipcias partieron a la Segunda Conferencia del Opio (1924-1925) con la meta de imponer un control internacional y, así, arrancar el problema desde la raíz.

Un motivo escondido: enfrentarse al Reino Unido

El Imperio Británico incluyó a Egipto entre sus colonias desde 1882 hasta 1922, aunque sus tropas no dejarían el país hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Cuando la delegación egipcia llegó a Ginebra, era la primera vez que Egipto participaba como un país independiente. Para el profesor James Mills de la Universidad de Strathclyde, esto supuso una oportunidad única para la delegación: exponer la incapacidad del Gobierno británico para controlar el hachís en Egipto serviría para poner en duda la capacidad del Imperio para controlar sus demás colonias.

En India, también gobernada por el Reino Unido, el cultivo y uso del cáñamo era legal y estaba bajo regulación estatal. Los administradores británicos fueron “muy reacios a implementar la prohibición del cannabis en Egipto porque el cannabis era todavía legal en la India, y porque era un desperdicio de recursos en algo que no consideraban un gran problema”, asegura Kozma.

“La fijación de El Guindy en el asunto del cannabis en la Segunda Conferencia del Opio pudo haber venido de una genuina preocupación por la droga (…) No obstante, su entusiasmo por el tema habría sido reforzado por el conocimiento de que el asunto haría daño a los antiguos amos coloniales de su país”, argumenta Mills en su libro “Cannabis Britannica: Empire, Trade, and Prohibition 1800-1928”.

Fueran cuales fuesen sus intenciones, la Convención del Opio terminó firmándose en 1925. En ella, los países se comprometían a no exportar drogas a los países donde fueran ilegales, y a emitir permisos de gubernamentales para su importación donde fuera legal. Poco a poco, países europeos como el Reino Unido, Holanda y Alemania empezaron a prohibir el cannabis. El sistema actual de control internacional de drogas, firmado en 1961, no es más que una amalgama formada por aquellos tratados anteriores definidos en los años veinte y treinta, resume McAllister.

En los años treinta, otro comité de expertos de la Liga de las Naciones volvió a reunirse para verificar el tema. “Lo que querían era deliberar si el cannabis era en realidad una droga peligrosa”, relata Kozma por teléfono. El estallido de la Segunda Guerra Mundial, no obstante, impidió que cualquier conclusión del comité viera la luz.

Fuentes:
“Drug Diplomacy in the Twentieth Century” William McAllister.
“Cannabis Britannica: Empire, Trade, and Prohibition 1800-1928” James Mills.
«Egypt: Descriptive, Historical, and Picturesque» George Ebers.
“Cannabis condemned: the proscription of Indian hemp” Robert Kendell.
“The rise and decline of cannabis prohibition” Global Drug Policy Observatory.
«Egyptian Type e Scenes «Hashishe Smokers» Castro M.

Texto: Eduardo Echeverri López. Imágenes: UNOG Library, Archivo de la Sociedad de las Naciones. Travelers in the Middle East Archive

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Eduardo Echeverri López (Madrid, 1996) Graduado en Ciencias de la información por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado en el Diario El Mundo y en infoLibre. También ha realizado prácticas en M21 Radio. Colabora en labores de fact-checking en «The Cairo Review of Global Affairs» revista de política internacional de la Universidad Americana en El Cairo. Actualmente este periodista colombiano reside en El Cairo (Egipto) donde se dedica al estudio de la lengua árabe y a la enseñanza del español.

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