El Cannabis como excusa del racismo y la misoginia desde 1910

Detrás de la legislación, las leyes y los mensajes de concienciación sobre salud, consumo de drogas y bienestar social están el racismo y la misoginia. Detrás de las excusas está la tortura, la opresión, la extorsión y la humillación pública. Detrás de las prácticas políticas, los términos vacíos y sus prolongaciones en vertical están el odio, la criminalización cuando no hay posibilidad de explotación y la negación de todo ello.

Porque primero se piensa en el dinero, luego en la patria, los privilegios marcados por anuncios de Campofrío y, después, los que no tienen ni lo uno ni lo otro.

El cannabis llegó a EE.UU. aproximadamente en 1549, cuando los esclavos en Brasil ya lo utilizaban con fines religiosos e incluso festivos en sus escasos momentos de descanso. Si en el siglo XIX llegó a Europa como una sustancia de moda entre artistas, por lo que se eliminaban los prejuicios hacia él, su consumo por parte de gente a la que se la consideraba indeseable debido a su forma de vida al margen de la sociedad -prostitutas, marineros o asesinos- sirvió de argumento para verlo como un instrumento de inmoralidad y, por ende, de marginación.

En el siglo XX, el cannabis era considerado causante de la depravación de los negros y los mexicanos desde el punto de vista del periodista/publicista/empresario/inversionista político William Randolph Hearst. El dueño de la gran mayoría de periódicos del país utilizó su poder como instrumento político para generar escándalos y manipular a sus lectores.

Esta herencia racista camuflada con preocupación por la salud pública del americano blanco continuó en 1910, cuando en Nueva Orleans, desde Seguridad Pública, se decía que los “oscuritos” consumían sustancias para creerse igual que los blancos y subirse a escenarios.

En una ciudad llena de cabarets se prohibió a los negros actuar creando las Leyes Jim Crow. Así, el gobierno demócrata, introdujo el miedo a la marihuana como camino para odiar a los negros y generar un aura de delincuencia alrededor de del Jazz, de Louis Armstrong, Victoria Santa Cruz y Mary Lou Williams.

Lo mismo sucedió con los Mexicanos en Texas, donde el jefe de la Oficina General de Narcóticos Harry Anslinger criminalizó a los extranjeros a través de campañas de prohibición y estigmatización del cannabis hablando de personas “de color” que se aprovechaban de las hijas de los americanos obligándolas a consumirla para convencerlas de tener sexo y dejarlas
embarazadas.

Este patriotismo que en España se defiende como tradición practicada por “nostálgicos y constitucionalistas” sigue vivo a pesar de la legalización iniciada en Uruguay en 2013, seguida por Canadá en 2018 y parte de los estados que forman EE.UU.

El racismo disfrazado de concienciación forma parte del imaginario identitario de las personas autoproclamadas como
gente de bien. Este imaginario, como explica la jueza y escritora Lucía Karam, ha creado una imagen del traficante como alguien marginado que vive en favelas y chozas, por lo que también sirve para encarcelar a consumidores que responden a este perfil.

Todo ello se extiende hasta la cultura, en la que el papel de muchos artistas es reivindicar constantemente esa lucha racial y de clase. Esta segregación ha dado lugar a movimientos de todo tipo dentro de la música. El rap es uno de los más explícitos en denuncia, exposición de estilo de vida y ambición de estar dentro del sistema para acabar por encima de él.

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Ideal J, IAM o NMT en Francia y Public Enemy, The Pharcyde, KRS One o Kendrick Lamar en EE.UU. son referentes en este tipo de contenidos además de por sus referencias hacía sus ascendencias y una herencia llena de opresión. Sobre este tema podemos leer reportajes de Lady R: la brutalidad policial en la música de artistas como Vic Mensa y su 16 Shots recordando el asesinato de Laquan McDonald.

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Otros ejemplos relacionados con estas ideas es el cine de Spike Lee. Clockers muestra la alienación obligatoria que deviene de la violencia policial y el racismo. Incluso en un racismo entre grupos sociales desplazados como pasa con los italoamericanos en Do the Right Thing.

Estas diferencias entre grupos se identifica comparando al director con uno de sus maestros: Scorsesse. Su forma de hacer cine se contrapone porque la representación de los grupos que protagonizan sus películas lo hacen. Mientras el negro es un camello pobre, racializado y acosado, el mafioso italiano tiene clase, dinero y maneja el sistema desde dentro.

Los policías temen, respetan y trabajan para la mafia italiana mientras se ríen, agreden y cargan contra los negros. No solo eso, a pesar de supuestos avances en las legalizaciones, regulaciones y derechos de inmigrantes, mujeres y mujeres inmigrantes, la industria cannábica mantiene unas ideas patriarcales.

La gran mayoría de arrestos por venta o consumo son a personas negras y el 81% de empresarios de esta industria son hombres blancos. En resumen, se criminaliza a las inmigrantes obligándolas a sobrevivir en los márgenes que se sostiene de formas impuestas como subversivas.

Se las relega para convertirlas en culpables creando un bucle constante. Angela Davis habla de que la llamada “guerra contra las drogas” es una guerra contra las comunidades pobres, negras y latinas que ha provocado un aumento de la población carcelaria sirviendo esto para controlar a la gente de color mientras las industrias farmacéuticas se lucran de ello con la producción de tecnologías penitenciarias.

Esta visión del sistema contra las drogas que “funciona más eficazmente como una forma de control racial que como una supuesta lucha contra el tráfico” también es denunciada por el Comité de expertos afrodescendientes de la ONU.

La psicóloga, escritora y activista Elisabeth Peredo Beltrán habla de la pobreza y marginalidad que generan la discriminación racial y machista, que contrastan constantemente con los discursos de igualdad y democracia que llenan los discursos políticos. Si eres negra es tu culpa, si eres pobre también, si eres las dos cosas nunca van a perdonarte.

El racismo nace desde esta visión colonizadora/americana y se extiende en tiempo y espacio. En España existe, según los datos del informe SPACE I con datos hasta enero de 2019 mayor tasa de encarcelación por motivos de drogas (18’2%) que por violación violencia de género (3’4%), el sistema se ceba con los grupos históricamente perjudicados como las mujeres, las minorías étnicas y las mujeres que pertenecen a dichos grupos.

Todo ello en el caso de que no se proceda a expulsar directamente a los extranjeros. Miguel Domínguez Caparrós, coordinador de cárceles de la APDHA, define el sistema carcelario como algo que demuestra la inexistencia de un sistema
de acogida en el país, sino como un sistema generalizado de detención de personas “con una tasa elevada de mujeres en exclusión social”. Vivimos en un estado de reclusión, no de derecho.

En este aspecto también es importante el papel de la cultura y de voces como la de la artista Daniela Ortiz y la analista Míriam Hatibi, que forman parte de una lucha contra la doble discriminación inmigrante y mujer estando activas tanto en redes como en sus trabajos.

Pero todo esto está detrás. Está por debajo del resto de opresiones, para que todo el que se sienta recluido, despreciado y oprimido tenga algo contra lo que pagarlo. Para que la clase baja piense en clave de bandera. No hago referencia a la legalización, la burocracia, las teorías o los términos abstractos con los que se tapa lo obvio.

La inmigración y el racismo son palabras que enmarcan ideologías e imponen roles. El cannabis no es solo una droga con todas las connotaciones negativas que carga consigo, es una excusa del racismo para silenciar a quienes, para el fascismo en todas sus variantes, salen de la nada y no hacer nada.

A quienes obligan a vivir en los huecos que quedan entre coche y arcén; entre la muerte y la muerte. Detrás de la
criminalización está el racismo. Porque si eres pobre, se te ignora; si eres inmigrante, se te mira mal; si eres mujer, se te pisa; si eres pobre, inmigrante y mujer: se te destruye.

“Anduve.
Esta es la tierra donde padecí bocabajos y azotes.
Bogué a lo largo de todos sus ríos.
Bajo su sol sembré, recolecté y las cosechas no comí.
Por casa tuve un barracón.
Yo misma traje piedras para edificarlo,
pero canté al natural compás de los pájaros nacionales.
Me sublevé”
Nancy Morejón, Mujer Negra

adrian fauro
adrian fauro

Adrián Fauro Abad (Alicante, 1994) Grado en Publicidad y Relaciones Públicas y Máster en Periodismo Cultural. Cocreador, editor y redactor de Poscultura que cuenta también con artículos en eldiario.es y Zenda. Forma parte de la antología Árboles Frutales (Editorial16) y publica donde le dejan. Escribe sobre narrativa, poesía y ensayo y colabora en proyectos culturales con editoriales y librerías. Más contratos en bares que en redacciones y más becario que periodista. Sigue buscando trabajo en el periodismo.

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