Cannabis: La planta que encendió el motor de la civilización en Irán y Afganistán

La domesticación del cultivo de la marihuana contribuyó al desarrollo de la agricultura de Asia central hace unos 10.000 años

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La relación entre el hombre y la planta del cáñamo es una que se escapa a los márgenes de la historia escrita. Hace unos 10.000 años, las primeras comunidades humanas que vivieron en la región centroasiática empezaron a domesticar la vegetación silvestre para obtener nuevas fuentes de comida. Pero eso no fue todo lo que encontraron. “Es muy posible que los pueblos establecidos en lo que hoy es Irán y Afganistán fuesen quienes descubrieron las propiedades narcóticas de las hojas (cheng) y la resina (chers) de la planta”, según indica un Boletín de la ONU sobre la historia del cáñamo.

El famoso astrónomo, escritor y divulgador científico estadounidense, Carl Sagan, fue un paso más allá y llegó a afirmar en su libro Los dragones del Edén, especulaciones sobre el origen de la inteligencia humana, que es “posible y sería muy irónico que el desarrollo del cultivo de la marihuana fuese uno de los primeros pasos que llevaron a la invención de la agricultura y, por ende, de la civilización”.

La afirmación del que fue uno de los miembros más destacados de la NASA, y padre de los discos de oro que van en las sondas espaciales Voyager, tiene su base científica en los conocidos como centros Vavílov, el término científico para referirse a los primeros lugares donde las incipientes comunidades de homo sapiens empezaron a domesticar las plantas que crecían salvajes, con el objetivo de controlar sus ciclos y aumentar la disponibilidad de comida en las cada vez mayores agrupaciones de gente.

El término Vavílov viene dado por el nombre del botánico y genetista ruso Nikolái Ivánovich Vavílov, que dedicó su vida a identificar los centros de origen de la vegetación y las plantas sin las que la humanidad nunca hubiese prosperado. Su obra cumbre, El origen y la geografía de las plantas cultivadas, es indispensable para comprender cómo la agricultura fue el vehículo que transformó a los grupos de humanos nómadas en pueblos sedentarios. El momento en el que se encendió el motor que propulsó a la humanidad hacia una civilización organizada que, por otro lado, no todo lo que cultivaba era para llenar el estómago. También tenían que nutrir el alma. Por eso desarrollaron la planta del cáñamo y experimentaron con su resina y hojas.

“Es muy difícil establecer dónde empezó la domesticación del cáñamo o quiénes la iniciaron, pero no hay duda de que es una planta oriunda de Asia”, escribe el genetista y botánico ruso que, además, situó su nacimiento y primera domesticación en el centro del continente asiático, y más concretamente, en las zonas del noroeste de la India (en el actual Kashmir), en el Punjab (Pakistán), y en todo lo que hoy es Irán, Tayikistán, Uzbekistán y Afganistán. Sin embargo, fue en este último donde la planta prosperó hasta convertirse en el mejor charras, o hachís, del mundo. Y también desde donde se expandió por toda la tierra.

Los primeros de los que tenemos noticias en cuanto a expansión de la marihuana fueron los temibles guerreros nómadas Escitas, un pueblo de criadores de caballos que vivieron en tierras iraníes y afganas durante el primer milenio antes de Cristo y que, según cuenta el principal historiador de la antigüedad, el griego Heródoto, lanzaban plantas de marihuana a las hogueras para inducir estados alterados y trances religiosos.

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Una de las pruebas definitivas de la relación íntima entre el hombre y la transformación del cáñamo fue hallada en 2006 por arqueólogos chinos, los cuales desenterraron los restos de un chamán de hace 2.700 años, cuyos enseres personales vinieron a corroborar las teorías de Vavílov y Sagan sobre la importancia del cáñamo, y lo que ahora llamamos marihuana, en los albores de la civilización.

La tumba fue encontrada intacta en el distrito de Turpan, en la provincia China de Xinjiang, la cual hace frontera con Afganistán. El hombre santo descansando en su interior pertenecía a la misteriosa cultura Yuezhi, un pueblo nómada de origen indoeuropeo y aspecto caucásico cuyas momias encontradas en los impenetrables desiertos de la región, como el del Gobi, se han hecho famosas por todo el mundo, y había sido enterrado con 789 gramos de marihuana.

El alijo del chamán, un varón de unos 30 años de edad, fue encontrado dentro de un recipiente de barro, así como dispuesto alrededor de su cuerpo y cara. Tras ser analizado por diversos científicos británicos y chinos, en 2008, la revista Journal of Experimental Botany confirmó que la marihuana encontrada tenía unos niveles altísimos de tetrahydrocannabinol, o THC, motivo por el que la publicación aseguró que ese hombre antediluviano, ese hombre santo nacido en los albores de la civilización, “fue enterrado con una planta preciada por sus propiedades psicotrópicas que, seguramente, fue utilizada con fines médicos o en rituales religiosos”.

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Nunca sabremos si ese chamán, o los demás hombres y mujeres formando las primeras comunidades humanas, utilizaban la marihuana o su resina con fines exclusivamente religiosos o si también le daban un uso recreacional. Pero de lo que no hay duda es que la del cáñamo fue una de las primeras plantas en las que se fijaron los inventores de la agricultura, así como los proto-padres de las ciudades que han dado a luz a la civilización en la que vivimos ahora. Y entonces como ahora, la planta y su resina siguen acompañando a la humanidad en su viaje hacia las estrellas.

Texto: Amador Guallar – Imágenes: Phytochemical and Genetic Analyses of Ancient Cannabis from Central Asia. Todos los derechos reservados.

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Amador Guallar (Esplugues de Llobregat, Barcelona, 1978) Licenciado en Periodismo por la Universidad Ramón lull de Barcelona. Fotógrafo (Premio Mejor foto de la ONU en 2010 por su trabajo con los desactivadores de minas antipersonales) y escritor (Ha publicado un libro sobre Afganistán (2008-2018) En la tierra de Caín de Ediciones Península). Entre 2008 y 2018 se estableció en Afganistán, donde trabajó para medios nacionales e internacionales, la ONU, diversas ONG y la misión de la OTAN. Enamorado de la crónica periodística y de la literatura de viajes, su trabajo en países en guerra e inmersos en crisis humanitarias aspira a dar voz a los que la han perdido. En los últimos años ha cubierto los conflictos en Irak, la Franja de Gaza, Ucrania, Crimea, República Centroafricana, Sudán del Sur, Somalia y Tailandia, entre otros. Desde 2015 es colaborador de El Mundo y miembro de la agencia fotográfica francesa Studio Hans Lucas.

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