Psicofármacos de la verdad. Adelanto en exclusiva del nuevo libro de Rafa Millán

Publicamos en exclusiva un adelanto del próximo libro de Rafa Millán titulado Las enfermedades mentales no existen, son los padres, en el que Rafa intentará abrirse paso entre las zarzas del diagnóstico psiquiátrico para comprender mejor las espinas del dolor humano. La obra pretende ofrecer un sistema válido para manejar el sufrimiento desde una perspectiva que trasciende los limitados modelos de la Psicología “Oficial” y de la Psiquiatría.

Para ello echará mano, junto a los saberes “psi”, de la antropología, el ilusionismo, la filosofía, el sufismo, su propia experiencia clínica y mucho más (por ejemplo, sustancias psicodélicas) combinando la reflexión rigurosa con el humor ácido. Por lo que el género del libro será “filosofía ácida”.

Psicofármacos de la verdad

A grandes rasgos: Las “pastis” psiquiátricas, los llamados “psicofármacos”, siempre dan problemas y nunca soluciones. No curan, enferman. No estabilizan ningún desequilibrio químico, lo generan. No sanan el cerebro, lo destruyen. Tienen gran cantidad de efectos secundarios y ninguno primario (ya que no existen las enfermedades mentales [estoy acabando un libro de 400 páginas para intentar probarlo[1]]). Y, como guindita del pastel, son muy adictivas.

Pero nada de eso es lo peor. Lo realmente grave es que en vez de ayudarte a afrontar la realidad, sirven para evadirte de ella. Es decir, hacen exactamente lo contrario de lo que deberían hacer. Las farmacopea “psi” es el fast food del alma, o si lo prefieres, el fast drug. No alimenta, pero engorda. Y, a la larga, mata el espíritu. Las pastillas psiquiátricas son zombificadores legales que diluyen la voluntad y la responsabilidad en una especie de by-pass emocional. Te llevan de la mano a dar un largo rodeo bordeando todo tu mundo interior, aplanan la sensibilidad y te desconectan de ti mismo, lo que acaba pasando factura. Y no sólo la de la consulta médica.

Recordemos que la psiquiatría, por definición, ve los problemas de la vida como síntomas de una enfermedad a erradicar. Lo que no parece importar mucho es que junto a los síntomas erradique el alma. Sin embargo, hay veces en las que el sufrimiento psicológico puede ser nuestro mejor aliado. Se trata de crecer y madurar como personas. Y para eso, no existen atajos químicos ni recetas mágicas, aunque las firme un psiquiatra. ¿No hay entonces verdaderos psico-fármacos, es decir, “medicinas” para la psique?

¿Tenemos que conformarnos con dopajes artificiales o anestésicos anímicos (o como lo llaman los psiquiatras, “tratamientos sintomáticos”)? ¿No hay sustancias que nos puedan ayudar a hacer lo que hay que hacer, es decir, plantar cara a nuestras dificultades, en lugar de escapar de ellas? ¿Existen remedios que faciliten el crecimiento psicológico, que nos ayuden a ser más plenamente nosotros mismos, a asumir responsabilidad y compromiso, a tolerar mejor la frustración, a conocernos mejor y a ser más auténticos, más humanos y más maduros? ¿Puede la química ayudarnos a encontrar el sentido de la vida? Es posible que la respuesta te sorprenda, porque es un rotundo y sonorosísimo ¡SÍ-con-matices! Existen los “psicofármacos-con-matices”. Hay sustancias que pueden hacer todo eso o que, al menos, tienen esa potencialidad, siempre que sean usados de la manera adecuada.

Por supuesto, no son automáticos, como los medicamentos del cuerpo, no se trata de meterse una pastilla y tumbarse a esperar el efecto como el que tiene dolor de cabeza y se toma un paracetamol. El camino hacia la plenitud humana no es mecánico, sino que nos pone en juego, nos enseña algo y nos exige algo, nos pregunta y nos pide una respuesta (y si no la damos, la experiencia puede llegar a ser muy perturbadora e, incluso, negativa). Precisamente por eso, porque nos prueban y nos interpelan, porque hablan de nuestra humanidad y a nuestra humanidad, porque son justo lo contrario de las pastillas del psiquiatra, podemos llamarlos psicofármacos (aunque como todos los “fármacos” también pueden ser un veneno, sobre todo si se usan como fin en sí mismo y no como medio para otra cosa).

Estas sustancias trascienden la visión médico-psiquiátrica dominante (siki) e incluso los limitados abordajes cognitivo-conductuales (coco). Van mucho más allá de lo siki y de lo coco. Y ponen sobre la mesa problemáticas epistemológicas y filosóficas de primera línea, que muchos profesionales psi no sabrían ni cómo empezar a plantearse. Es más, la mayoría de los psiquiatras temen estas sustancias y se protegen de ellas, en lugar de considerarlas como un aliado potencial, las ven como el enemigo a batir. Y es natural, porque unas medicinas así, por su propia naturaleza, nos descubren la verdad. O, al menos, parte de la verdad. Y la verdad es que la psiquiatría es mentira.

  • Drogas de evasión / Drogas de invasión

¿Cómo sería un psicofármaco verdadero?

Lo primero y más importante es que debería acercarnos a nosotros mismos en lugar de alejarnos; ampliar la conciencia en lugar de estrecharla; ponernos delante los problemas en lugar de enmascararlos; iluminar nuestro mundo en lugar de oscurecerlo; catalizar nuestro desarrollo personal y nuestro autoconocimiento en lugar de bloquearlo; ayudarnos a madurar en lugar de impedirlo y cronificarnos como víctimas con una eterna identidad de “enfermos”… Como hacen casi todas las drogas adictivas… Especialmente las psiquiátricas…

Es decir, tendrían que ser drogas de afrontamiento o confrontación, en lugar de drogas de huida. O si me permitís un juego de palabras, drogas de invasión (entrar dentro de uno mismo), en lugar de drogas de evasión (salir fuera de uno mismo). Pero, un momento, ¡parece magia! ¿De verdad existen sustancias así? Claro que sí. Lo raro es que no sepas que existen o que pienses que esas sustancias son justo lo opuesto (terribles y peligrosas drogas de abuso) a lo que realmente son: herramientas psicológicas y filosóficas de primer orden.

Y es realmente muy extraño, porque tú (con perdón) eres el único que no se entera. La práctica totalidad de las culturas humanas antiguas las han usado y comprendido, desde los ritos de Eleusis de la Grecia clásica, al soma hindú, pasando por la mayoría (si no todas) de las tradiciones tribales conocidas. De hecho, son uno de los pocos universales antropológicos que existen. Y con toda certeza, están en el cimiento mismo de la civilización humana. Esto hace de nuestra cultura actual una auténtica singularidad. Somos nosotros, el “estúpido hombre blanco”, el gran y moderno occidente, ebrio de orgullo materialista, el que va, como siempre, a contrapelo. El que no se entera de nada. De nada de lo importante.

Nuestra tecnología exterior ha eclipsado el desarrollo de la tecnología interior, en la que otras culturas son (o han sido) expertas, como la nuestra lo es en juguetes y distractores (tablets, videoconsolas y demás tonterías). Y la diferencia es importante, porque una forma de enfocar la vida vela el alma y la otra la revela. Una genera significado y la otra lo diluye. De ahí viene esa desagradable sensación que tienes en el pecho o en el boca del estómago de sentirte totalmente vacío a pesar de tenerlo “todo”. Como decía el profesor Luis Cencillo, la vida tradicional (es decir, todas menos la occidental moderna), es un lento girar en torno a una totalidad cargada de sentido, mientras que la vida moderna es un correr frenético en torno a una nada aterradora, una huida del vacío abisal y abismal que hay en el centro de nuestro ser.

Evasión vs. confrontación.

Volviendo a las sustancias, estas no solo están en el humus antropológico, en el cimiento civilizatorio universal, sino que  ha habido toda una élite cultural e intelectual que las ha utilizado, recomendado y que han reflexionado sobre ellas. Así, a bote pronto: Ernst Jünger, Aldous Huxley, Robert Graves, Gregory Bateson, Arthur Koestler, Henri Michaux, Anaïs Nin (que no sé quién es), Alan Watts, Timothy Leary, Rihard Alpert, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burrough, Albert Hoffman, Stanislav Grof, Antonio Escohotado, Mariano Antolín Rato, Luis Racionero, Fernando Sánchez Dragó (te guste o no), Fernando Arrabal… Y seguro que si escarbas un poco, encontrarás cientos y cientos más.

¿Cuáles son esas sustancias?

Bueno, la lista es enorme y bien conocida. Los más importantes son la ayahuasca, las hongos psilocibes, el peyote, el LSD, el 2cb, el 2ci y así hasta completar los dos enormes volúmenes del Pihkal y el Tihkal[2]. Y muchas más. Algunos incluyen también el cannabis, que, según el uso, puede tener ciertamente propiedades enteógenas, pero como tiene también propiedades adictivas y de abuso (al menos en la manera en que se usa en la actualidad), no estoy muy seguro de incluirla. En definitiva, en lo que a aspectos espirituales se refiere, y por mucho que escueza, parece que seguimos siendo los últimos de la clase.

  • Los mil y un nombres. Posición Psiquiátrica.

Estas sustancias son tan complejas y paradójicas, que han recibido muchos nombres y se han entendido de maneras muy diversas (incluso opuestas), según las distintas cosmovisiones. Es decir, dependiendo de cómo las miremos, parecen una cosa o la contraria. Interesante, ¿verdad? Esta diversidad demuestra que son unas “drogas” diferentes, unas sustancias que dicen algo sobre nosotros mismos, que nos interpelan y nos cuestionan. Y tiene sentido que así sea si son realmente lo que son: catalizadores emocionales y potenciadores psico-filosóficos. Que ahí es nada.

En mi humilde opinión, hay tres concepciones dominantes, que podríamos llamar: la psiquiátrica, la humanista y la experta.

Veamos cuáles son.

Al primer grupo lo llamo posición psiquiátrica oficial. Y es la de los sikis, los cocos y, en general, las personas que ni han utilizado estas sustancias ni las han estudiado seriamente ni saben de lo que hablan. En general, la concepción psiquiátrica las ve como una rasgadura en el tejido. Algo que no debería estar ahí y que, por lo tanto, se explica como un mal funcionamiento del cerebro. Por eso las llaman “alucinógenas” (que producen alucinaciones), “estupefacientes” (que te dejan de facto estupefacto), o peor aún, “psicotomiméticas” (que “mimetizan” los estados psicóticos). A Dios gracias, esta última denominación, otrora tan de moda, ya no la utilizan ni los médicos más recalcitrantes, aunque solo sea por corrección psiquiátrica, ya que la mayoría de ellos, de fondo, sigue creyendo que si tomas estas sustancias, de alguna manera, “mimetizas” una psicosis, o sea, que te vueles loco (o zombie o caníbal o algo peor).

Realmente, aunque fueran “alucinógenos”, habría que prestarles la máxima atención psicológica, ya que las alucinaciones no tienen por qué ser el efecto de configuraciones azarosas y enfermas del sistema nervioso, sino que, muchas veces, constelan contenidos simbólicos que pueden ser interpretados y analizados. Las “alucinaciones” nos hablan en su propio nivel y lenguaje de las profundidades de la psique. Y despreciarlas es perderse una de las dimensiones esenciales del ser humano. Sólo los modernos psiquiatras y los cocos niegan esta verdad, que ha sido conocida y manejada por todas las culturas ancestrales. Esto supone una visión tan chata y unidimensional del ser humano, que lo convierte, después de amputarle el mundo simbólico imaginal, en algo que ya no merecería ser llamado ni “ser” ni “humano”. Y, ciertamente, desde ahí no tendría sentido una antropología, más allá de una ciencia del comportamiento animal (como, por ejemplo, el conductismo); y tampoco la psicología, porque los cocos le han sustraído toda profundidad con su metáfora del ordenador, convirtiendo al ser humano en una rata blanca o en chip de silicio.

Si lo que se puede medir es lo único real (presupuesto tácito de la siki y la coco), y lo demás “meras fantasías”, nunca se podrá siquiera rayar la superficie de una psicología auténtica. De hecho, la psicología empieza donde acaba el conductismo, como la metafísica empieza donde acaba la física. En un aforismo: donde termina la vara de medir, empieza el hombre.

Las dimensiones inconscientes (o supraconscientes) e imaginales del ser humano son constituyentes básicos de nuestra humanidad (y, en cierto sentido, justo lo que nos hace humanos). Y que algunos profesionales psi las desprecien en nombre de un supuesto (y falso) rigor científico, es tan estúpido como no querer mirar por el telescopio de Galileo porque “ya se sabe” que ningún cuerpo celeste puede girar en torno a un astro que no sea la tierra. Toda una castración intelectual.

  • Los mil y un nombres. Posición humanista.

El segundo grupo lo he llamado posición humanista, y lo componen las personas que han utilizado estas sustancias en sí mismas o las que las han estudiado seriamente y sin prejuicios. Ellas les han puesto unos nombres mucho más adecuados. Los más comunes son psicodélicos (o psiquedélicos), visionarios y enteógenos. El primero, psicodélico, significa literalmente “revelador del alma”. Ahí es nada. También se llaman “visionarios”, pero no porque provoquen “visiones”, como vulgarmente se cree (que, aunque puede pasar, no es obligatorio), sino porque dan “visión espiritual”, que es justo lo opuesto a las “alucinaciones” que entienden los psiquiatras. El término enteógeno es un poco más complicado, y seguramente también más exacto, porque va más allá de la psique individual. Entheos tiene que ver con la divinidad (“que tiene un Dios” o “inspirado por Dios”) y genos con “origen”. Se podría decir que son sustancias que te ponen en contacto con el Dios interior.

Alguna vez he escuchado una etimología apócrifa y seguramente absurda, pero que es mi favorita: ente-ógeno, “reveladora del Ser (ente)”. Así no hay que entrar en aspectos religiosos. O si se prefiere, se podrían rebautizar (y, ¿por qué no?) como ontogénicas. Y llamar ontogenia a la práctica con estas sustancias. A mí me gusta el término, ¿y a ti?

  • Los mil y un nombres. Posición experta.

Pero estos no son todos los nombres. Estos son los que les hemos dado nosotros, el último invitado a la fiesta, el “hombre civilizado”. Los auténticos expertos en estas sustancias, los que las usan y conocen a fondo desde hace milenios, no las llaman así.

Por eso lo he llamado posicionamiento experto. Y ahora que los expertos están de moda, no estaría de más hacer un acto de humildad epistemológica y escuchar a los auténticos especialistas en estas sustancias: los chamanes. Ellos las tratan con un respeto exquisito, como si fueran portales a las dimensiones más elevadas de la existencia, tickets de entrada al otro mundo, verdaderos stargates al centro de la conciencia cósmica.  Y cuando se refieren a ellas suelen llamarlas:  “plantas maestras”, “medicinas del alma” (literalmente “psicofármacos”), “plantas de poder”, “carne de dios”, etc. Posiblemente son las denominaciones más exactas. Otra cosa es que ya no queden chamanes (que yo no lo sé) o que el uso de la ontogenia que se hace en occidente sea risible (que yo sí lo sé).

  • Todo lo que escuece, cura

Los ontogénicos son drogas de “invasión” porque tienen la capacidad de ponerte delante justo aquello que preferirías obviar de ti mismo: tus sombras, programaciones y automatismos inconscientes. Gracias a ellos, puedes descubrir la incómoda verdad. La mayor parte de lo que creías saber sobre el mundo, sobre los demás y sobre ti, no son más que prejuicios, proyecciones psíquicas, esquemas aprendidos de origen socio-familiar y mecanismos de defensa sobre los que se mantiene, de manera más o menos precaria, la falsa ilusión de control, de tener un “ego” sólido, firme y seguro. “Ego” que, junto a la mayor parte de las creencias habituales que “montan” tu experiencia (para empezar, la de que tenemos una identidad separada), verás deshilacharse por momentos en medio de la experiencia psicodélica. Los ontogénicos son la pastilla roja (¿o era la azul?) con la que puedes descodificar la realidad e ir a darte un paseo por la placa base del universo.

No es extraño que casi nadie quiera pasar por esto; más bien al contrario, la mayoría prefieren seguir en el matrix, esconder el monstruo en la caja fuerte y hacer “como que” nunca estuvo allí. Dulce es la ignorancia. Por eso mismo hay tantas personas con problemas emocionales; los síntomas psicológicos son la forma de escamotear todo aquello que preferiríamos ignorar. O más bien de reconocerlo sin reconocerlo,  subrepticiamente, llegando a una especie de acuerdo tácito y tramposo con nuestra vida inconsciente. Un contrato que se formalizó por debajo de la mesa de la conciencia ordinaria. Pero será un apaño inestable y angustioso. No se puede esquivar el dolor indefinidamente, y, si no se le presta la debida atención, acabará enquistándose y pudriéndose dentro de nosotros. Por eso está ahí, para que lo atendamos. Es un mensaje en la botella que nos enviamos nosotros mismos.

La verdad no puede eludirse ni regatearse (aunque los sikis nos animen a ello), por eso, estas drogas (en dosis y usos puntuales y correctos), pueden llamarse psicofármacos. Porque nos enfrentan a la realidad. Nos ayudan a asumirla plenamente, a experimentarla en su totalidad, con su aspecto de luz y su aspecto de sombra. Y con toda su inevitable ración de sufrimiento. La medicación psiquiátrica (o drogas de “evasión”), no funciona, porque en lugar de enfrentarte a ti mismo te aturde, te abre una vía de escape, que es justo lo contrario de lo que queremos. Es evidente que evitar lo inevitable nos generará mucho más dolor a medio y a largo plazo. Como ocurre con todas las adicciones. Por desgracia, muchos profesionales psi se han convertido en unos expertos escapistas: huyen y temen el dolor ajeno de la misma manera que huyen y temen a su propia profundidad.

Y es que, por chocante que resulte, la mayoría de los psiquiatras no han comprendido cómo funcionan los procesos anímicos, ya que las problemáticas emocionales no son síntomas de una “enfermedad” a erradicar. Querer apagar el síntoma a toda costa (porque es una enfermedad), implica apagar a la vez a la propia persona que lo padece. Nuestro dolor también somos nosotros mismos y tenemos que bregar y dialogar con él. Y ponerlo en el lugar que le corresponde. Es decir, integrarlo (si es que esa palabra aún significa algo en psicología). El malestar afectivo no es como el dolor físico. No hay que extirparlo como se haría con una bala en un cuerpo herido, sino que, al contrario, hay que penetrar en él, entenderlo y afrontarlo. Y ese es el camino de los ontogénicos (con matices y bien usados), el opuesto al de los psicofármacos: Animar a las personas a entrar hasta lo hondo. Aunque duela. Y precisamente porque duele. Recuerda, todo lo que escuece, cura… el alma.

  • El hombre que se llevaba mal consigo mismo.

Vivimos en un mundo que quiere escamotear el mal, la muerte y el sufrimiento; un mundo blando, cómodo y algodonoso. Hemos aprendido, desde niños, a huir del dolor y el sufrimiento. Por eso estas sustancias (al contrario que los mullidos psicofármacos) tienen tan mala prensa. Y por eso hay tantas adicciones a otras drogas (de evasión) y tan pocas (de hecho, ninguna) a los ontogénicos (de invasión). Es más, si generan adicciones, yo no las llamaría “ontogénicas”. La mejor prueba de la eficacia de estas sustancias es que nadie quiere usarlas. Porque en la medida en que son útiles para crecer interiormente, los ontogénicos suelen ponértelo difícil.

Como hemos dicho arriba, provocan experiencias que te invaden (y, de alguna manera, tú eres tanto el invasor como el invadido, el atacante y el atacado). Te enfrentan a tu propia intimidad “corregida y aumentada”. Son vivencias infinitamente inquietantes, que tambalearán la cómoda visión más o menos autocomplaciente y narcisista que todos tenemos de nosotros mismos. Es decir, pondrán en duda la película (de buenos y malos) que nos hemos montado y de la que nos hemos nombrado únicos protagonistas. Gomaespuma, el dúo de humor español, tenía un sketch genial sobre el hombre que se odiaba a sí mismo, que viene al pelo.

Entrevistador: Y, ¿cuándo descubrió que usted se odiaba a sí mismo?

Hombre-que-se-odia: Un día, en el bar, que me dije: voy a invitarme a una cañitas. Y, al final, después de tomármelas me lo pensé mejor y no me quise invitar.

Entrevistador: ¿Entonces qué paso?

Hombre-que-se-odia: Pues nada, que tuve que pagar yo.

Por raro que parezca, este hombre abunda. Hoy en día, son muy pocos los que se aguantan. Ni siquiera Luke Skywalker fue capaz de entrar desarmado al interior de sí mismo. La prueba es un curioso experimento en el que se mete a las personas en una habitación vacía y sin distracciones, con la única consigna de simplemente sentarse y esperar. Se trata “sencillamente” de enfrentarte a tu propia interioridad durante una ridícula cantidad de tiempo (entre 5 y 15 minutos). Nada más. Y nada menos.

¿Los resultados? Desoladores por completo. La gran mayoría de los sujetos refieren que ha sido una experiencia desagradable o muy desagradable. Pero lo más fuerte no es eso, sino que dos tercios de los hombres (y un cuarto de las mujeres) con tal de hacer algo, prefieren realizar la única actividad permitida en el estudio: ¡autopropinarse descargas eléctricas! ¡Uno de ellos hasta 190 veces! Parece un chiste de Gomaespuma, pero es la dura (y electrizante) realidad. Ahora imaginad esa misma experiencia de enfrentarse a pelo con uno mismo, pero en lugar de 10 minutos, unas cuantas horas. Y después de haber tomado un “amplificador psíquico” que potencia tus luces y tus sombras hasta el límite de lo soportable y que modificará tu conciencia de manera imprevisible… Sinceramente, qué prefieres, ¿la invasión o la evasión?

  • Relájate y disfruta

En esta línea, algún amigo me ha dicho que estas drogas “violan tu mente”, porque antes o después te enseñan al monstruo, acaban poniéndote delante justo aquello que no quieres ver. Es inútil resistirse, así que mejor, “relájate y disfruta”. Por supuesto, aclaro que la “violación” o la “invasión” es psicológica. En los aspectos biológicos deberían ser (como lo son) drogas muy seguras, sin efectos secundarios, que no deterioren el cerebro y que no generen adicción. Eso sí. Los ontogénicos, son sustancias con capacidades increíbles. Si sabes gestionarlas te pueden ayudar a vencer (más bien integrar) la oscuridad y encontrarte con la luz radiante que hay detrás.

Es decir, pueden darte el mayor regalo que se puede obtener en esta vida: una experiencia mística (o algo muy parecido) que te transforme para siempre. Aunque pocos lo consiguen. Y, por supuesto, no es gratis (nada es automático con estas sustancias). Hay que ganárselo. Y son muchos (y fieros) los dragones que protegen el tesoro. Si no conoces el “mundillo” de las sustancias, todo esto puede sonarte a chino. Pero si curioseas un poco descubrirás que hay muchos estudios serios que lo demuestran, más allá de cualquier duda razonable. Si te interesa el tema, te recomiendo vivamente que lo investigues más a fondo. Y si no te interesa, te recomiendo vivamente que te interese.

  • Disidencia espiritual

O sea, que los ontogénicos son lupas emocionales que nos revelan a nosotros mismos. Las han conocido y utilizado todas las culturas humanas y están en el origen de la civilización de una manera universal. Entonces, es evidente que deberían ser objeto de estudio e interés prioritario de psicólogos, filósofos, antropólogos, artistas, historiadores, científicos y un largo etcétera. E incluso otro largo etcétera. Sin embargo, ¿qué se ha hecho con ellas en la sociedad actual? ¡Prohibirlas! Muy probablemente, en relación al desarrollo personal y social, eso es mucho peor que prohibir, por ejemplo, las obras de filosofía y la disidencia política. Y tal vez el motivo es justo ese, el mismo por el que se han prohibido la mayoría de las cosas en el pasado: romper con la visión del mundo dominante.

Siempre ha habido una lista negra de libros y posiciones sociopolíticas que te condenaban a la cárcel, la muerte o el exilio. Ahora “el índice” o “la lista” es de sustancias. Pero la lógica es la misma. Se prohíbe lo que te hace cuestionarte el mundo establecido y lo que puede ayudarte a descubrir sus fallas. Además, conocerse mejor es políticamente peligroso. Rompe el círculo vicioso de insatisfacción crónica y de consumo compulsivo. Y nos hace diferentes. Dejamos de ser buenos y mansos ciudadanos consumistas neoburgueses clase media del siglo XXI para pasar a ser otra cosa. Prohibir las sustancias es otra forma que tiene el sistema de sabotear el desarrollo personal. Y eso solo se puede entender desde el punto de vista del poder. Ya que la disidencia espiritual (o disidencia consciente), es la peor que hay: nos libera de la esclavitud interior. ¿Crees que exagero? ¿Te parece que hay otros motivos más “científicos” o “racionales” para prohibirlas? Muy bien, indaguemos juntos.

  • Entrevista psicodélica

Pregunta: Estas drogas, como todas las drogas, hacen daño al cerebro, y muy posiblemente un daño irreversible y a largo plazo. Así que, Papá Estado (en realidad Grandpa USA), siempre atento y cariñoso, intenta salvarnos de nosotros mismos. Igual que está prohibido conducir sin cinturón, tampoco puedes tomar nada que ponga en peligro tu cerebro, por muchos beneficios secundarios que tenga.

Respuesta: Investiga un poco, tío. Se han invertido inútilmente millones y millones de dólares y de euros, desde el gobierno de Nixon en adelante, para buscar (o inventarse) los “terribles daños” y secuelas cerebrales de los ontogénicos y justificar así la prohibición.

No se ha encontrado nada o lo encontrado ha sido ridículo. Donde sí se han encontrado daños cerebrales claros y permanentes ha sido en otras drogas, como en el alcohol o en las que recetan los psiquiatras. Que, curiosamente, son legales y en ciertos contextos casi obligatorias. No son los daños cerebrales lo que teme el estado, sino los daños “sociales” provocados por los movimientos que de una manera un poco infantil y adolescente empezaron a utilizarlos, especialmente el movimiento hippie con el LSD, que planteaba una clara contracultura, es decir, una alternativa real (aunque muy ingenua) al sistema.

Lo que no ha vuelto a pasar en occidente hasta la entrada del Islam. Curiosamente los dos, los hippies en su época (ya desactivados) y el Islam en la actualidad, son los dos grandes “enemigos-demonios” a destruir. Aunque ahora el hippisimo se ve como algo inocente, casi naif, tendrías que leer periódicos y ver programas de televisión de la época de Nixon. Los hippies eran peor que el anticristo violando niños y ancianitas.

Algo parecido a lo que pasa ahora con el Islam. Y es que el hippismo psicodélico de su tiempo y el Islam de la actualidad tienen algo en común, muy difícilmente pueden ser fagocitadas por el sistema, como sí ha ocurrido con otros grandes movimientos contraculturales que, en una paradoja típicamente dialéctica, ahora son “más sistema” que nada: el rap, el hiphop, ciertas bandas callejeras, el heavy, el punky… etc.

Bueno, entonces será que generan terribles adicciones. Y ya se sabe, una vez que se empieza, no será fácil dejarlo.

R: Lo siento, categóricamente te diré que NO existen las adicciones a estas sustancias. Seguro que no conoces ningún centro de desintoxicación especializado en setas, LSD o ayahuasca. Y eso que algunas de ellas, por ejemplo, las setas, son las drogas ilegales más fáciles de conseguir y que, hasta hace nada, se podían comprar directamente y legalmente en grow shops de cualquier ciudad española. Si no me crees, busca por internet un centro para desintoxicarte de la ayahuasca, el peyote, las setas o el LSD. ¿Cómo? ¿Que no existe ninguno?

Ya te decía más arriba que son experiencias psicológicas tan fuertes que más bien ocurre lo contrario, generan anti-adicción. Casi nadie quiere repetir porque casi nadie quiere enfrentarse a sí mismo. Y más aún, ¡no solo no generan adicción sino que sirven para dejar las adicciones! Puedes buscar información, por ejemplo, del centro Takiwasi de Perú (y hay otros muchos), en que se utiliza la ayahuasca para dejar adicciones. Y tiene un índice de recuperación enormemente superior que el de los centros de desintoxicación clásicos. Muy fuerte.

Todo lo que dices está muy bien, pero de vez en cuando salen noticias en la tele de personas que han muerto por usarlas. ¡Debe de ser muy fácil tener una sobredosis!

R: Normalmente, se refieren a sustancias de otra naturaleza, mezcladas con cantidades industriales de alcohol o psicofármacos, y casi siempre tomando moléculas sintetizadas en condiciones higiénicas deleznables y muy adulteradas (lo que es una consecuencia directa de la prohibición). Con todo y con eso, los casos son ridículos en número y no se conoce ninguno de una persona que haya muerto (o que haya tenido secuelas graves) usando ontogénicos en situaciones controladas. Hay más muertes por rayos que te caen encima que por estas drogas. Todo lo contrario ocurre con los psicofármacos psiquiátricos o el alcohol, que causan centenares de miles de muertes cada año, y no las verás en las noticias. El coche, el bar y el hospital psiquiátrico son lugares infinitamente más peligrosos que el salón de “El Oráculo”, mi amigo el hippie. Del orden de uno a un millón.

Pero yo tengo un primo que tiene un cuñado que tenía un compañero de mus que tenía un colega que contaba que un conocido suyo se comió una tarta de tripis y se quedó tonto. Algunos viajes no tienen billete de vuelta.

R: Por supuesto que una persona con predisposición a la locura puede “quedarse” con una tarta de tripis, como puede “quedarse” con una tarta de merengue o con una macedonia tropical. Un viaje de LSD puede enloquecerte, de la misma manera que un viaje a Torrevieja, una visita al cine de tu barrio, un paseo por la calle o la lectura de este libro… Aunque nada de esto saldrá en los periódicos. Si una persona se vuelve loca después de leer un libro, es que era un loco (a no ser que ese libro sea El Corán). Si enloquece después de unas setas, es que las setas son peligrosísimas.

Lo que sí te concedo de largo es que estas drogas son verdaderos ritos de paso y que, por lo tanto, te van a enseñar algo que ya nunca podrás olvidar, desmontarán tu “ego” para que veas, al menos por un rato, lo que hay detrás. Te permiten mirar debajo de las faldas del universo. Desestructurarán tu yo, tu mundo y tus percepciones (por eso no recomendaría tomarla a adolescentes o a personas como un ego débil).

De hecho, y en cierto sentido, ni la tarta de tripis ni la de merengue ni ninguna otra experiencia de la vida tienen billete de vuelta. Todas te transforman, especialmente las más significativas, como pueden ser las que te proporcionan los ontogénicos. Y esa es la prueba de que no son adictivas. Los psicodélicos son potentes transformadores y (casi) nadie quiere cambiar. Eso sí, comprendo que algunos puedan confundir la experiencia ontogénica con la locura. Pero no es locura, es lo contrario, una sobredosis de Realidad con R mayúscula. Y claro está que eso asusta. Sobre todo si no sabemos gestionarla y se nos queda atragantada en medio del alma.

Ya que me sacas el tema, ¿qué es eso de una tarta de tripis? El LSD es psicoactivo en cantidades ínfimas que se miden en microgramos, y más de 20 ya es una dosis activa. Tomarse una tarta de tripis es como comerse diez kilos de azúcar y morir de sobredosis. Se puede morir hasta por sobredosis de H2O, como de hecho ha pasado en algún irresponsable concurso dedicado a ver quién bebía más agua. Aunque, que yo sepa, no hay sobredosis de LSD, y a partir de cierto punto, lo más seguro es que si se sigue consumiendo, simplemente, no cause más efecto. Es más, no hay casos conocidos de muerte por sobredosis de LSD, pero sí por agua o por azúcar. Así que al final va a resultar que la tarta de nata (o la “tarta de agua”) es más peligrosa que la de tripis… Y las tartas que sí puedo asegurarte que son muchísimo más peligrosas que las de LSD (y que han provocado millones de muertes confirmadas) son la tarta borracha y la ensalada de psicofármacos. Esas sí, ¡vade retro!

Si quieres, te daré otro argumento. Pero tienes que confiar en mí. Yo he conocido decenas de personas que toman sustancias y que conocen a centenares de personas que las tomas y no conozco ni un solo caso real de persona que “se ha quedado” (como mucho una, y a medias, y era un adolescente y volvió a la “normalidad” en pocos meses). O sea que, o son mitos urbanos, o posiblemente la persona, si existiera, ya estaría “quedada” antes del tripi. Un LSD, evidentemente, puede acelerar o precipitar procesos latentes… ¡Y precisamente por eso es una herramienta psicológica irremplazable! Pero dejar de usarla por unos pocos casos, incluso aunque los hubiera, sería como dejar de usar el bisturí porque algún pirado se lo clavó a sí mismo en la yugular.

De acuerdo, si estás a punto de volverte loco y tomas un tripi, puede que te vuelvas loco. Lo mismo que si estás a punto de volverte cuerdo y tomas un tripi, puedes volverte cuerdo. El tripi (como cualquier ontogénico) es, entre otras cosas, un catalizador psíquico. Lo que yo sospecho es que se cuentan esas historias, esos mitos urbanos, para darle a la experiencia una especie de aureola y protegernos de una vivencia abrumadora que nos desconcierta y nos cuestiona. Nada “descoloca” más que un buen “colocón”.

A esto hay que sumar que a las personas con tendencias a la psicosis les suele gustar trastear con su conciencia y tomar drogas. Y es muy tentador atribuir la locura a la droga. Pero me suena a mecanismo de defensa: proyectar el mal fuera de mí. Si la psicosis depende de la droga, y yo no me drogo, estoy libre y seguro de que nunca me volveré loco. Muy tranquilizador. En definitiva, pueden pasarte muchas cosas por tomar sustancias, pero nunca (como dice la prensa) que te vuelvas loco, violador, asesino, zombie o caníbal (sólo faltan momia y hombre-lobo… dales tiempo).

Todo lo que dices es muy raro, entonces, ¿por qué están prohibidas?

R: Eso mismo me pregunto yo. Lo que es del todo evidente es que no hay motivos racionales ni científicos que justifiquen la prohibición. Supongo que será porque las personas que toman este tipo de sustancias pronto se dan cuenta de que nuestra forma de vida es absurda y prefieren vivir de una manera más natural, menos estresante, más espiritual y más feliz. Lo que resulta intolerable para un sistema que ha sido capaz de inventar horrores macrosociales como: Las guerras modernas (con millones de víctimas solo para mantener el statu quo o conseguir materias primas baratas), la telebasura, la neoesclavitud (deslocalizada en lejanos y exóticos países difíciles de pronunciar), las armas de destrucción masiva, los teleoperadores, las armas de distracción masiva (la tele y las pantallas), el automóvil privado, la usura y las hipotecas, el toro de la vega, Telecinco, el marketing y la publicidad desalmada, la pornografía yanqui (exportada a todo el globo), el ateísmo militante, las discotecas actuales, las compañías telefónicas, Microsoft Windows, la psicología coco, los libros escolares para niños pequeños, las dictaduras de todos los signos, el reggaeton (o reguetón), las granjas industriales, la psiquiatría (desde la lobotomía a los psicofármacos) y un laarrguuíiiisimooo etcétera.

O sea, como te decía arriba, están prohibidas porque ponen el dedo en la llaga, nos enseñan la sombra de nuestro mundo, lo que no queremos que se vea. En realidad no es tan extraño. Muchas cosas se han prohibido desde siempre por ese mismo motivo, sobre todo, lecturas y militancias. Quemar libros en la hoguera, matar disidentes en la cámara de gas o prohibir los ontogénicos no son prácticas distintas. Insisto, no es de los daños cerebrales de lo que se protege el sistema, sino de los daños sociales. Esos sí que son irreparables.

  • Neochamanismo chachi guay

Un chamán de verdad (si es que existe) es o debería ser una especie de superhéroe espiritual con un inmenso poder. Tiene una brújula para navegar sin perderse por los laberintos y las realidades interiores y conoce de primera mano los secretos de la vida y de la muerte. Lo que es mejor que un iphone con GPS y 4G. Un chamán de verdad se ha dedicado por entero al estudio de sí mismo, y de las experiencias con sustancias, en un contexto adecuado y en una cultura que sabe manejar y comprender esas vivencias, guiado e iniciado por otro chamán de verdad que sabe lo que se hace (de nuevo, Luke Skywalker y el maesrto Yoda). Un chamán de verdad, además, conoce las claves de la enfermedad del cuerpo y del alma. Y puede ayudar a otros a atravesar la barrera que separa este mundo del “otro”. Su trabajo de fin de curso consiste en morir y renacer.

Pero el hecho de que sea una muerte simbólica no quiere decir que se haga sobre el papel, algunos la palman físicamente en el proceso. Digamos que el chamán auténtico es el que es capaz de encarar la realidad última y está dispuesto a morir por ello. ¿Hay algún psicólogo en la sala que pueda decir lo mismo? Probablemente no. Pero de lo que estoy seguro es de que hay algún neo-chamanito por aquí cerca, mordiéndose la lengua con una ganas locas de darnos la chapa con sus súper vivencias místicas de somos amor y somos uno. Uf, qué perezón.

Y, ¿qué es un neochamán? Como suele pasar con todo en la sociedad moderna, un neo-chamán es la parodia de un chamán, su opuesto dialéctico: un pardillo ególatra con graves problemas de personalidad que encima se cree un elegido, un mesías o un “canalizador” de la gran hermandad blanca (o verde o roja), que trae un mensaje de amor y ñoñería para toda la humanidad. Qué chachi. El chamán tiene visión espiritual y el neochamán tiene teléfono móvil (con un fondo de pantalla entre energético y floral). Un chamán aprende conectándose al gran internet cósmico y un neochamán aprende conectándose a youtube (sobre todo esos vídeos en los que habla una voz en off de lata mezclando chacras con merinas). El chamán se ha trascendido a sí mismo y el neochamán se ha ahogado en su propio jugo narcisista (negro y espeso como la tinta del calamar). Los maestros de un chamán son la muerte y la vida, y los del neochamán son la suerte y la visa (y da risa).

Un chamán está al servicio de la profundidad, un neochamán de la superficie (de su ego). Un chamán es hijo del Espíritu y un neochamán un producto (cutre y snob) del mercado. Los neochamanitos suelen ser gente muy perdida en pastiches newage a las que un par de experiencias curiosas se les han subido a la cabeza. Algunos aprenden a dar ayahuasca en un cursillo de fin de semana o en un par de exóticos viajes a la selva en hoteles de cinco estrellas. No exagero, conozco casos concretos. Además de todo esto, es muy importante el marco antropológico personal de cada uno. No es lo mismo tener un imaginario indígena, con todo lo que eso implica, que uno occidental moderno. Es decir, no es lo mismo ser indio que hacer el indio.

Y para contrapesar esta imagen idealizada de los chamanes, mencionaré también una charla que escuché a una conocida psicóloga transpersonal, Mariana Kaplan, que viajó por el centro y el sur de América visitando chamanes. La psicóloga nos contó que había constatado que la mayoría (creo recordar que todos) tenían adicciones al alcohol, a la cocaína o a las dos cosas. Pero lo peor no era eso, sino que, según ella, muchos de los chamanes (creo recordar que todos) intentaron, de una u otra manera, meterle mano.

Si bien, era una mujer salpimentada de una desbordante y evidente sensualidad. Aquella ponencia me dejó pensativo. Y me obligó a llegar a una de las siguientes conclusiones:

– O bien se puede tener un gran desarrollo espiritual con grandes fallas de personalidad;

– O los chamanes de verdad escasean aún más de lo que parece, si es que queda alguno;

– O los chamanes se ocultaban para no prestarse a los juegos de esta psicóloga transpersonal;

– O ella confundía (consciente o inconscientemente) chamanes con caraduras que la perseguían en un delirio transpersonal-sexo-narcisista.

– O las cuatro cosas.

  • Ayahuasca, asignatura pendiente (y obligatoria).

Las sustancias abren la puerta a nuestra propio interior. Son catalizadores de nosotros mismos. Uno de sus mejores usos (y el único que yo a día de hoy me atrevería a recomendar, y con matices), es como desatascador de emergencia de personalidades muy cerradas. Pero los ontogénicos no solo ofrecen autoconocimiento, sino que uno de los aspectos más interesantes de su estudio es investigar cómo estas sustancias se enhebran de una manera natural en unos determinados marcos antropológicos, con una cosmovisión concreta en la que encajan armónicamente, y que potencian y retroalimentan. Claro que las sustancias pueden usarse en occidente. Y es nuestra responsabilidad descubrir la manera adecuada de hacerlo, aprendiendo de las culturas que la utilizan con humildad y respeto. Pero sin perder nuestra propia identidad.

Yo estoy relativamente a favor de su estudio serio y, tal vez, de su utilización como remedio psicológico y espiritual, y, por supuesto, de su completa legalización (¡si se pueden conseguir igual, qué hipocresía!). A pesar de todo eso, creo que deben usarse con cuidado y que, en principio, sería mejor utilizar otras vías de acceso al inconsciente. Y no lo digo porque las considere más seguras, sino casi al contrario. Los psicodélicos tienen realmente la capacidad de transformarnos (para bien o para mal) a nosotros y a nuestro mundo. Pero a través de la meditación o del contacto con maestros espirituales (que hay bien pocos), se puede ir mucho más allá de lo que ofrecen las sustancias por sí mismas.

Los ontogénicos antes o después se bajan, y ahí estará tu ego de siempre esperando para retomar el control, mientras que otras formas de autoindagación, como la meditación o el diker sufí pueden deconstruir partes de ti mismo de manera irreversible (por eso es tan importante la presencia de un maestro espiritual real que sepa lo que hace). A veces es la meditación, que parece inocua en los medios (o una especie de gimnasia sueca del espíritu), la que no tiene billete de vuelta. ¿De vuelta a dónde, si mi “ego habitual” ha desaparecido…?

  • Peligro de las sustancias y maestros sufíes

En ningún momento he dicho que las sustancias no puedan ser peligrosas. No quiero frivolizar. Tampoco estoy hablando de su uso libre (aunque seguramente fuera menos peligroso que el alcohol y los fármacos psiquiátricos), ni de sus posibles usos lúdicos (en lo que no me meto). Sino de un uso terapéutico, serio, puntual y controlado. Y siempre calculando los riesgos. No porque las sustancias creen adicción o causen daño cerebral, sino porque tienen un sutil efecto pernicioso a largo plazo. Sobre todo en usuarios occidentales. Y, ¿cuál es? En algunas personas que conozco han generado un increíble (y risible) orgullo intelectual y espiritual. Se creen elegidos mesiánicos mientras, en el fondo, siguen siendo como niños. Y es lógico. Mediante el artificio químico se consiguen estados pseudo espirituales sin ningún trabajo previo sobre uno mismo. O sea, que estas sustancias son (o parecen) un atajo que te permite acceder a realidades profundas sin habértelo ganado.

Eso mola mucho. Es como pagarte un viaje en helicóptero a la cima del Everest y creerte alpinista. Pero, en cierto sentido, es lo contrario de un verdadero camino espiritual, que consiste en, antes de nada, una ducha fría de realidad, en la que tienes que vértelas contigo mismo (el más terrible de los enemigos) y vencerte. Tal vez por eso los chamanes pueden tener auténticas aperturas espirituales, por un lado, y por el otro adicciones y problemas de personalidad, lo que, desde mi punto de vista, sería mucho más difícil en otros caminos tradicionales, como por ejemplo el sufismo (más allá de las parodias new age), donde el murid o aspirante tiene que desarrollar una enorme disciplina física, psicológica y espiritual (y una ética a prueba de bombas) antes de acceder a los primeros grados de la experiencia.

Ahora os contaré lo que me dijo Sheij Omar Margarit, una persona que considero un verdadero maestro sufí (o lo más parecido que se puede encontrar en España). Sheij Omar me explicó que las sustancias te llevan por una senda paralela al verdadero camino espiritual, y que acaba en nada. O sea, que no es un atajo, sino un callejón sin salida. Ambas vías, la espiritual y la de las sustancias, están separadas por un abismo infranqueable. Es posible atisbar algo de la vertiente mística genuina, pero es imposible alcanzarla. Y cuando te das cuenta de ello, cuando se agota lo que las sustancias pueden ofrecerte, tienes el doble trabajo (que casi nadie puede realizar), de desandar lo andado para volver al principio y reiniciar el auténtico camino desde la casilla de salida.

También nos explicó, interpretando algunos pasajes de textos tradicionales, que en el pasado los “yines” o seres espirituales (con los que se relacionan estas sustancias), tenían acceso a realidades superiores, pero que quedaron vedadas a partir de cierto punto, por lo que el chamanismo tuvo su momento en la historia espiritual de la humanidad, pero a día de hoy es una vía muerta que solo conduce al auto engaño.

Es posible que lleve razón. La verdad es que entiendo lo que dice. El uso continuado de la sustancia, por sí misma y como camino espiritual, a mí también me parece una trampa (y no conozco personas que hayan crecido espiritualmente solo con sustancias). Pero no puedo evitar reconocer que un uso puntual puede ser muy benéfico en casos concretos y psicológicos. Eso sí, para sikis y cocos una buena toma de ayahuasca debería ser asignatura troncal obligatoria. En palabras de Leary: Aprendí más sobre la mente humana en cuatro horas (de hongos) junto a la piscina de Cuernavaca de lo que había descubierto en los quince años anteriores como diligente psicólogo”.

[1] En resumen: si hay un órgano enfermo, como por ejemplo el cerebro, tenemos una enfermedad normal, sin apellidos con una etiología médica clara y distinta. Si no hay ningún órgano enfermo no tiene sentido hablar de “enfermedad” excepto como metáfora. Por lo que en ningún caso existe la “enfermedad mental” como entidad metafísica que hay que tratar con drogas legales como “cualquier otra enfermedad”. Las problemáticas emocionales y afectivas, a no ser que haya un mal-funcionamiento orgánico evidente, no son enfermedades ni nada que se le parezca. Y tratarlas como tales es la mejor manera de cronificarse en el problema y seguir igual (con la complicidad de papá psiquiatra). Lo que por supuesto si existe (y vaya que sí) es el dolor humano, que en absoluto es menor por no tratarse de una enfermedad sino justo al contrario. Pincha más un corazón roto que un hueso roto (y el que lo probó lo sabe). Este es el tema de la primera parte de mi libro de próxima aparición: “Las enfermedades mentales no existen, son los padres”.

[2]   Cuya mejor, y creo que única, edición en castellano es la de Ed. Manuscritos.

Imágenes: Gerard Shanti, Onur TAS, Wikipedia

Textos: Rafa Millán. Todos los derechos reservados

Rafa Millán (Madrid, 1976) Licenciado en Psicología en la UAM y máster en Filosofía, UCM, es psicólogo, filósofo y se ha dedicado durante años al periodismo y al ilusionismo. En 2005 conoce el sufismo y cambia radicalmente de vida. Ha publicado numerosos artículos en revistas y libros académicos y ha organizado congresos de varias universidades. Colaborador habitual en prensa escrita, radio y televisión, con sus artículos nos aproximará a la experiencia mística en el ámbito del sufismo y la psicodelia. Desde ahí buscaremos establecer lazos de comprensión y unión entre psicología y espiritualidad. Además de lo anterior, combina su labor como escritor (“Diario de un cocainómano” Ed. Temas de Hoy) con la práctica terapéutica. Psicólogo Sanitario Colegiado número: M-22606 Su web profesional es http://www.madridpsicologia.com y es webmaster del espacio sobre sufismo http://oceanoceleste.com

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